Croquis y Trazos

Elegir texturas para planos de arquitectura que se vean bien impresas

2026.10.13
Representación arquitectónica de una sección fugada de PFC antes de ajustar las texturas para impresión

En la pantalla el hormigón de mi sección fugada tenía grano y calidez; impreso en A0, era un bloque casi negro que se tragaba mis líneas de AutoCAD de 0,1 mm como si nunca hubieran existido. Fue durante la pre-entrega de mi PFC, cuando ya llevaba tres años trabajando con AutoCAD pero solo unos meses tocando Illustrator en serio, y creía que mi representación arquitectónica por fin tenía nivel de impresión decente. El papel me demostró lo contrario en cuestión de segundos.

No era la primera vez que el proceso de pasar archivos a la copistería me daba un disgusto. Semanas antes, al exportar unos planos directamente de AutoCAD a PDF sin limpiar las capas, los trazos se duplicaban sobre sí mismos y la lámina salía como una fotocopia mal alineada; aquello lo resolví capa por capa en otro momento, pero esta vez el problema era distinto, no eran las capas, era la textura.

Lo que ves en pantalla nunca es lo que sale impreso

Venía de una etapa en la que mis planos parecían, como me dijo un compañero con bastante honestidad, un documento de Word con plantas. Al saltar a Illustrator cometí el error de volcar texturas fotográficas de alta resolución directamente sobre mis trazados, convencida de que si la imagen se veía bien en el ordenador, el resultado impreso sería igual de bueno.

El motivo de fondo es que el monitor trabaja en RGB y el plotter interpreta todo en CMYK, así que cualquier textura que parezca luminosa en pantalla llega al papel más apagada y oscura de lo que esperas. Ese choque de modelos de color da para un artículo entero aparte, así que aquí me quedo solo con la consecuencia práctica: desconfía de cómo se ve tu relleno en la pantalla retina del portátil.

Comparación RGB y CMYK en Illustrator para representación arquitectónica impresa

La piedra que se convirtió en una mancha

Recuerdo el momento exacto en que saqué el plano del tubo en la copistería y vi que mi textura de piedra parecía una gotera mal arreglada en la pared. Había elegido una fotografía de granito muy detallada para el zócalo del edificio, y en Illustrator se veía estupenda. Al imprimir la lámina, los paneles de entrega para quien no use la palabra, en formato A0, es decir 841 por 1189 milímetros, la textura se empastó entera.

Las fotografías tienen demasiada información para un plano técnico: sombras propias, variaciones de tono, micro-contrastes que compiten con lo único que de verdad importa en un plano, que es la línea. Si la jerarquía de grosores está bien trabajada, una textura realista se la come sin despeinarse. Aprendí, a las malas, que un gris plano con un poco de ruido comunica hormigón mejor que una foto de un muro que además pesa cincuenta megas y deja pensando al ordenador de la copistería mientras la cola de gente crece detrás de ti.

Textura de piedra fotográfica empastada al imprimir un plano de arquitectura en A0

Ajustar la escala antes de pensar en la resolución

Durante meses ignoré la resolución de salida, dando por hecho que si la textura se veía nítida al hacer zoom en Illustrator ya estaba lista. No es así: para un formato grande la imagen necesita bastante más densidad de la que uno imagina a simple vista, y estirar una textura pobre para cubrir un forjado de diez metros a escala 1:50 se nota enseguida, con un aire de videojuego viejo que ningún tutor se toma en serio.

El error que más veces repetí, sin embargo, no fue de resolución sino de escala del propio patrón. Ponía un ladrillo que, medido con la escala gráfica, esa barrita que indica cuánto mide cada cosa sobre el papel, resultaba tener medio metro de largo. Chema Berlanga, que comenta en el blog desde Ciudad de México desde hace tiempo, me escribió hace poco con la misma duda: sus patrones de ladrillo se veían enormes al imprimir, y el motivo era justo este, no ajustar el tamaño del motivo a la escala del dibujo. Si no lo compruebas, el tribunal no ve un material, ve un fallo de dibujo que distrae de la estrategia del proyecto.

Para no acabar con archivos que tardaban veinte minutos en guardarse aprendí, por necesidad, cómo trabajar con imágenes pesadas en Illustrator sin que el PC sufra, porque meter diez texturas de alta resolución en un A0 es la fórmula perfecta para que el programa se cierre justo antes de imprimir.

Cambiar las fotos por motivos vectoriales

El cambio de verdad llegó cuando un compañero de clase, de los que siempre sacan matrícula, me vio peleándome con una textura de madera y me soltó que dejara las fotos y usara motivos vectoriales de buen contraste. Me resistí al principio porque pensaba que se vería dibujado y no real; no estaba segura de si esto iba a funcionar, pero probé de todas formas, y tenía razón: un motivo vectorial es un patrón geométrico que Illustrator repite sin perder resolución y sin añadir peso al archivo.

Empecé a construir los míos: puntos pequeños para el hormigón, líneas diagonales finas para las secciones de tierra, tramas paralelas para la madera. Al ser vectores la línea del plotter sale limpia, sin píxeles borrosos, y puedes ajustar el color con precisión; si el gris sale oscuro, lo bajas un poco y listo, sin pasar por Photoshop ni re-vincular nada a seis horas de la entrega. La densidad y la opacidad del relleno las decido siempre pensando en el plotter, porque un sombreado que en pantalla parece fino se convierte en una mancha oscura al imprimir y puede tapar la leyenda.

A mitad de semestre, cuando ya no aguantaba el peso de mis archivos, empecé a mirar por qué el panel de apariencia cambió mi forma de ilustrar planos técnicos, aunque esa es otra historia que no quiero repetir aquí. De ese cambio me quedo solo con que dejé de depender de imágenes externas para casi todo.

Motivos vectoriales en Adobe Illustrator para texturas de planos de PFC

El ritual de la copistería y la foto que lo confirmó

Hay una sensación que solo conocen quienes han pasado por una escuela de arquitectura: el ruido rítmico del cabezal del plotter moviéndose de un lado a otro y el olor a tinta fresca de la copistería. Es el momento de máxima tensión, esperando a que salga el papel y rezando para que los colores sean los que elegiste y no una interpretación libre de la máquina.

Para la pre-entrega apliqué todo esto de golpe: nada de texturas realistas oscuras, una paleta de presentación, el conjunto de colores y texturas que da coherencia a toda la lámina, en tonos pasteles claros y patrones vectoriales con bastante aire entre líneas. Sabía que el papel iba a oscurecer el resultado, así que configuré los grises algo más claros de lo que quería ver al final, y revisé que ningún sombreado tapara la leyenda ni las notas.

Al sacar la hoja de la bandeja de salida noté el papel rugoso bajo los dedos, casi granulado, como si el propio gramaje ya anunciara que aquello iba en serio. Le hice una foto con el móvil a la sala de corrección antes de que empezaran a descolgar las láminas, y esa noche, mirándola otra vez, vi que mi plano se leía más rápido que el de Javi, que tenía al lado una textura de ladrillo fotográfica que a esa distancia era solo ruido gris. Para la semana ocho de pre-entregas ya había cambiado casi todas mis fotografías por motivos vectoriales, y se notaba.

La tarde en que decidí tirar las fotos de granito a la papelera me fui a caminar un rato por el Parque de María Luisa, cerca de la Plaza de España, para despejarme antes de volver al ordenador. Volví con la cabeza más clara y cambié el zócalo entero por un motivo vectorial más simple. Cuando colgué la lámina en la corrección, los profesores ya no tuvieron que acercarse a tres centímetros del papel para distinguir el hormigón de la madera, y el plano se leía en treinta segundos incluso desde el fondo del aula: la jerarquía visual en planos de arquitectura usando grosores en Illustrator seguía intacta porque las texturas estaban al servicio del dibujo y no al revés. Inma Tejada, mi compañera de piso, que opina sobre cualquier lámina que dejo abierta en la pantalla aunque nadie se lo pida, lo resumió esa noche sin que se lo preguntara: dijo que por fin parecía piedra de verdad y no una foto de catálogo.

Plotter imprimiendo una lámina de PFC con tips de impresión aplicados

Antes de imprimir el A0, pruebo primero en pequeño

Si estás cerrando tu propia entrega y dudas de si una textura de piedra va a salir bien, el truco que más me ha servido es hacer antes una prueba de impresión pequeña, un A4 de la zona más conflictiva, antes de mandar el A0 completo. Ese rato y el papel que gastas de más pueden ahorrarte ver tu proyecto estrella convertido en un manchón ilegible delante del tribunal.

El objetivo de una textura en un plano técnico no es engañar al ojo para que crea que ve una fotografía, sino comunicar una intención de material. Un patrón de líneas bien escalado suele leerse mejor que cualquier imagen descargada de internet, y lo que busca el tribunal es entender el espacio, no admirar tu destreza buscando fotos de piedra. La próxima vez que estés frente a la pantalla, baja la opacidad, aclara los grises y confía más en el vector que en el píxel; tu yo de la tarde de la entrega, esperando delante del plotter, te lo va a agradecer.