
Un título que en la pantalla de mi portátil se ve enorme se encoge hasta volverse casi tímido en cuanto lo cuelgo en una lámina A1 en la pared del taller. Esa diferencia es, creo, el malentendido más común entre estudiantes de arquitectura a la hora de preparar la presentación de una lámina: pensamos que la tipografía, en concreto su tamaño, es cosa de gusto, o peor, que viene dada por la escala del plano. No es así, y tardé más de lo que me gustaría admitir en entenderlo mientras montaba mis propias láminas de portfolio en Illustrator.
Antes de seguir, una aclaración rápida: como estudiante que ha probado de todo para que sus entregas no parezcan improvisadas, participo en el programa de afiliados de Hotmart, así que algunos enlaces de este texto me dejan una comisión si decides apuntarte a algún curso. A ti no te cuesta nada extra, y solo nombro lo que de verdad he usado en mis propias láminas.
El mito de la escala: por qué 1:50 no decide el tamaño de tu letra
Durante mi segundo año con AutoCAD aprendí que el texto tenía que caber dentro del cajetín de rotulación y poco más. Para cuando llegué a mi proyecto de tesis llevaba tres años dibujando así, y daba por hecho, sin cuestionarlo, que si un plano estaba a escala 1:100 el tamaño de letra tenía que seguir esa misma lógica. Illustrator no funciona así, y una lámina de concurso o de crítica tampoco: ahí no estás dibujando a escala, estás comunicando a una distancia real.
Antes de llegar a esa idea probé de todo, casi siempre sin ningún criterio. Llegué a bajarme paquetes enteros de texturas e iconos de Pinterest pensando que así la lámina parecería más trabajada, y lo único que conseguí fue que ningún elemento tuviera coherencia visual con el de al lado: parecía un collage montado por tres personas distintas. Ese desastre me hizo ver que el problema nunca fue solo decorativo, sino de jerarquía, y la jerarquía visual es un tema sobre el que ya escribí aparte con calma.
Mi mesa de trabajo es la que heredé de una antigua compañera de piso cuando se mudó: una mesa inclinada de dibujo técnico que nunca pensé que fuera a usar tanto. Al lado tengo un monitor de 24 pulgadas junto al portátil, y la lámina en construcción se reparte entre las dos pantallas porque en una sola nunca llego a ver el conjunto completo. En la estantería de enfrente siguen las maquetas a medio terminar y los rollos de papel vegetal que no he tenido valor de tirar.
Para entender por qué el papel con el que trabajamos no tiene un tamaño cualquiera, merece la pena asomarse alguna vez al estándar ISO 216: las proporciones del A0, el A1 o el A4 no son arbitrarias, vienen de ahí. No voy a entrar en los números exactos porque ya los expliqué con calma en otra entrada, pero sí diré que en cuanto entendí que el papel tiene una lógica propia, dejé de tratar Illustrator como si fuera un AutoCAD con más colores.
Si vienes de AutoCAD y todavía no tienes claro cómo dar el salto a Illustrator sin perder la cabeza, cuento el proceso completo en mi entrada sobre el flujo de trabajo de AutoCAD a Illustrator. Aquí me voy a quedar solo con la parte del tamaño de letra, que es la que de verdad me hizo quedar mal delante de un tribunal.
La distancia de lectura de tu lámina ante el tribunal
La pregunta que de verdad importa no es qué escala usaste en el plano, sino a qué distancia va a estar la persona que lo mira cuando intente leerlo. Alguien que pasa por el pasillo del taller y echa un vistazo rápido está a tres o cuatro metros; el tribunal sentado delante de tu lámina durante la crítica está más o menos a un metro; y solo quien de verdad quiera leer la memoria técnica se va a acercar a mirarla de cerca. Tres situaciones con necesidades de tamaño completamente distintas, y durante meses yo las traté como un único bloque de texto uniforme.
Mi compañero de mesa en el taller, Javi Pradillo, pasó por detrás una tarde y me preguntó por qué tenía el título del proyecto tan gigante en la pantalla. Se lo expliqué: a ese tamaño en el monitor parece desproporcionado, pero impreso en A1 es justo lo que necesita alguien que cruza el pasillo sin detenerse. Fue por esas fechas cuando me apunté al Curso Adobe Illustrator CC para Arquitectos, sobre todo porque quería entender cómo jerarquizar el texto por peso visual y no solo por tamaño, que era donde yo más me equivocaba.
Qué tipografía concreta elegir para que todo eso se lea bien es otra conversación, y ya le dediqué una entrada entera a la legibilidad tipográfica en portfolios, así que no la voy a repetir aquí. Lo que sí quiero dejar claro es que el tamaño de letra y el espacio en blanco que lo rodea van de la mano: una letra bien dimensionada pero rodeada de texto apretado se vuelve tan ilegible como una letra diminuta.
Tiras de papel antes de arriesgar un plotter entero
No tenía presupuesto para imprimir pruebas en A1 cada semana, así que improvisé un sistema con lo que tenía a mano. Cortaba tiras en una impresora A4 normal con el mismo texto repetido en tamaños distintos —ocho puntos, diez, doce, catorce— y las pegaba en la pared del cuarto para alejarme y mirarlas desde distintos puntos de la habitación.
Hice buena parte de estas pruebas de madrugada, cuando ya no quedaba nadie despierto en el piso. A esas horas el cristal de la ventana deja de ser transparente y se convierte casi en un segundo monitor: devuelve el azul de la pantalla sobre el reflejo oscuro del cuarto, y con esa luz es cuando mejor se nota si un tamaño de letra aguanta de verdad la distancia o solo funciona mirado de cerca.
No estaba segura de si todo este experimento casero iba a servir de algo, la verdad. Una tarde, frustrada porque ninguna tira terminaba de convencerme, salí a caminar por la Calle Betis, a la orilla del Guadalquivir, solo para dejar de mirar la pantalla un rato. Volví con la cabeza más despejada y decidí que el tamaño que se leyera bien a un metro sin forzar la vista sería mi mínimo real, no el que marcara ningún tutorial.
Si tus planos de base todavía no tienen esa solidez técnica antes de pasar a Illustrator, seguramente te sirva más revisar dibujo técnico avanzado en AutoCAD que seguir leyendo sobre tamaños de letra, porque ninguna tipografía arregla un plano mal resuelto. Lalo Vicent, un estudiante de Valencia que me escribe de vez en cuando, tiene un ojo estupendo para la composición de sus láminas y para el grosor de línea en sus plantas, pero reconoce que la tipografía se le escapa por completo; en cuanto le conté lo de las tiras de papel, lo probó con su propio proyecto esa misma semana.
Entregar sin que nadie saque las gafas de cerca
Supe que algo había cambiado de verdad una tarde cualquiera, antes incluso de imprimir nada. Reduje la lámina a una miniatura diminuta en el escritorio del ordenador, del tamaño de un icono cualquiera, y aun así reconocí al instante de qué proyecto se trataba solo por cómo se organizaban el texto y los huecos entre bloques. Si una lámina se entiende reducida a eso, pensé, en papel grande no tiene por qué fallar.
La prueba real llegó en la primera corrección de septiembre. Mi tutor se quedó de pie a una distancia normal, señalando con el dedo la estrategia de implantación, sin acercarse ni sacar las gafas de cerca para descifrar la sección transversal. No dijo nada sobre la tipografía, y esa fue, para mí, la mejor señal posible: cuando nadie comenta el tamaño de letra es porque ha dejado de ser un obstáculo.
El Curso Adobe Illustrator CC para Arquitectos fue lo que más me ayudó a convertir esto en un sistema repetible y no en un acierto de una sola vez: aprendí a trabajar con estilos de texto y capas organizadas, así que si me pedían cambiar la fuente de todos los subtítulos de golpe, no me llevaba media tarde hacerlo campo por campo. La retícula que uso ahora para repartir los bloques de texto —otro tema que merece su propia entrada— tampoco existiría sin ese cambio de chip. Y si lo que te falta es esa base de dibujo técnico sólida antes de llegar hasta aquí, Autocad Master cubre bien esa parte, aunque el salto a una lámina que se lea bien sigue dependiendo de decisiones que ningún curso toma por ti.
Si te quedas con una sola idea de todo esto, que sea esta: la próxima vez que dudes entre un cuerpo de texto u otro, no mires la escala del plano ni lo que se ve bien en el monitor. Imprime una tira, cuélgala donde vaya a colgarse la lámina de verdad, y aléjate hasta la distancia a la que de verdad te van a leer. Esa prueba, tan poco sofisticada, es la única que a mí no me ha fallado nunca.