
El cursor se queda girando sobre sí mismo, esa rueda de carga que no avanza. Estoy intentando arrastrar la capa de arbolado de un plano urbano a escala 1:1000 hasta mi lámina de PFC, y el ventilador del portátil empieza a chillar como si el archivo fuera a estallar antes de moverse ni un centímetro. Illustrator se congela, el reloj de arena gira, y ya sé, porque no es la primera vez, que si sigo trabajando así el archivo va a morir antes de la entrega.
Un plano urbano pesa más en Illustrator que en AutoCAD
La culpa no es del ordenador. El problema está en lo que pasa en el momento de exportar: cuando traigo la cartografía de la Gerencia de Urbanismo de Sevilla a Illustrator, cada cambio de dirección en una acera, cada sombreado y cada contorno se convierte en grupos y máscaras de recorte que el programa no necesita pero que arrastra de todas formas. Lo que para una estudiante de arquitectura es simplemente una manzana de edificios, para el programa son decenas de miles de nodos pidiendo memoria al mismo tiempo.
Lo primero que cambié no fue mi forma de dibujar, sino el primer minuto después de abrir el archivo. Si vas a Objeto, luego Trazado y luego Limpiar, Illustrator elimina de golpe los puntos sueltos y los objetos sin pintar que AutoCAD deja flotando en la exportación. Fue la propia interfaz de Adobe Illustrator la que me enseñó el segundo truco, casi por casualidad: el programa permite un zoom de hasta el 64000%, y a esa escala aparecen errores de exportación diminutos que no se van a imprimir nunca pero que ahí siguen, consumiendo recursos como si fueran a salir en el plano final.
Simplificar el trazado no es la solución milagro
El comando Simplificar promete justo lo que necesito: menos puntos de ancla, menos peso de archivo. Probarlo con el casco histórico me dio un susto: al bajar la complejidad, las esquinas de los edificios, que deberían ser perfectamente rectas, empezaban a curvarse como si el plano se hubiera derretido un poco. Incluso con el límite de precisión al máximo, que es el ajuste más conservador que ofrece el comando, perdía la rigidez técnica que pide un plano de arquitectura.
No estaba segura de si esto iba a funcionar, la verdad, pero en vez de seguir forzando la geometría cambié de pregunta: en lugar de tocar los trazados, ¿y si congelo visualmente todo lo que no necesito tocar? Ahí entraron las capas de Plantilla. Si haces doble clic en una capa y la marcas como Plantilla, Illustrator la bloquea, la atenúa al cincuenta por ciento y, esto es lo importante, deja de recalcular su previsualización cada vez que haces zoom o mueves algo encima. Puedo calcar una manzana completa o añadir mi propuesta sobre el contexto urbano sin que el procesador tenga que redibujar media ciudad en cada clic.
Trabajo en la habitación que hace de estudio en el piso compartido donde vivo, en Triana: la mesa de dibujo técnica inclinada que heredé de una compañera de piso anterior, el portátil conectado a una pantalla de 24 pulgadas donde reparto la lámina en dos mitades, y encima del marco un revoltijo de post-its con los tonos de paleta que no quiero olvidar. Fue justo ahí, mirando la pantalla por encima de mi hombro, donde Bea Montes, compañera de taller, de las que dicen en voz alta en el crit lo que nadie más se atreve, soltó aquello del ventilador: que sonaba como que iba a despegar y que algo tenía mal configurado. No se equivocaba.
Miles de árboles repetidos: cómo seleccionarlos sin perder la cabeza
Rut Casado, que comenta el blog desde Buenos Aires, me preguntó hace poco por qué el archivo seguía pesando tanto si apenas tenía capas visibles abiertas. Es una buena pregunta, y la respuesta casi siempre empieza antes, en AutoCAD: si la escala no quedó bien resuelta en el origen, ningún truco de Illustrator la arregla después, por mucho que limpiemos o congelemos capas.
Aun con la escala resuelta, un plano urbano trae miles de árboles dibujados como círculos repetidos, y seleccionarlos uno a uno es la forma más rápida de perder una tarde. El truco que más uso es Seleccionar, luego Mismo y luego Color de relleno: eligiendo un solo árbol, Illustrator encuentra todos los que compartan ese relleno y puedo moverlos o agruparlos de golpe a una capa nueva. Es lo que me permite mantener la jerarquía visual de la lámina, como llamamos en la escuela al panel de presentación final, sin que el arbolado se trague el resto del dibujo.
El mismo cuidado hace falta con el grosor de los trazos. Si lo bajas por debajo de cero coma uno para aligerar aún más el archivo, en pantalla aparece una línea casi invisible, un pelo suelto sobre el plano, que luego puede desaparecer directamente en cuanto la lámina sale impresa a tamaño grande.
Las imágenes y los renders son los que más hunden el archivo
Antes de llegar a nada de esto probé un tutorial de Photoshop pensado para retocar renders sueltos, con la idea de aplicar el mismo retoque a las imágenes dentro de mi plano. Nunca conseguí que ese flujo encajara con un plano trabajado a escala: lo que quedaba bien en el render aislado quedaba fatal en cuanto lo metía junto a las líneas técnicas de la lámina, y acababa deshaciendo horas de ajustes.
Lo que sí funcionó fue cambiar de hábito con las imágenes mismas: dejar de incrustarlas en el archivo .ai y trabajar siempre con archivos enlazados, algo que ya conté con más detalle en cómo trabajar con imágenes pesadas en Illustrator sin que el PC sufra. Me salvó el día que tuve que meter ortofotos de alta resolución en una lámina que ya pesaba de más: al no incrustar, Illustrator solo "llama" a la imagen cuando la necesita de verdad para exportar, y el resto del tiempo el archivo se queda ligero.
Lo que debe ser vectorial en un plano de presentación
No. A veces el contexto urbano de fondo, las manzanas vecinas que no son el centro del proyecto, funciona mejor como una imagen rasterizada a una resolución estándar de impresión para paneles de concurso que como miles de líneas vectoriales compitiendo por memoria.
Cuando ese fondo es solo una base, lo exporto como una imagen de alta calidad y lo vuelvo a meter en Illustrator como una sola pieza. Es mucho más eficiente que tener doscientas mil líneas vectoriales ahí detrás, invisibles pero pesando igual. Entre una exportación larga y la siguiente suelo bajar al Mercado de Triana a comprar algo de comer, y casi siempre vuelvo con la cabeza más despejada para seguir revisando capas que no había visto bien la primera vez.
La entrega que confirmó que el cambio valía la pena
La prueba de que algo había cambiado de verdad llegó el día de la entrega final: subí el PDF de mi lámina al ordenador del tribunal, el archivo se abrió sin un solo tirón ni un segundo de espera, y uno de los coordinadores, casi sorprendido, me preguntó qué programa había usado para que el plano se viera tan nítido en pantalla.
No soy diseñadora gráfica ni lo pretendo, pero aprendí que en un plano urbano el orden de las capas pesa tanto como el orden del propio proyecto. Ya no paso tardes enteras borrando líneas duplicadas a mano, y mi portátil dejó de sonar como que va a despegar cada vez que abro un plano de Sevilla. Si todavía te están volviendo loca los sombreados de AutoCAD que se vuelven locos en Illustrator, quédate con esto: la paciencia y un flujo de trabajo cuidado valen más que cualquier tarjeta gráfica de mil euros.