Llevaba semanas copiando y pegando la misma silla en un plano, preguntándome si había una manera menos absurda de amueblar una planta entera. Era el proyecto de mi tesis, una biblioteca de más de quinientos metros cuadrados, cada vez que abría el archivo en Illustrator para montar la lámina de portafolio antes de la entrega del PFC, como cualquier estudiante en pleno proyecto final. El plano estaba resuelto técnicamente, pero puesto junto a las láminas de mis compañeros de curso se notaba la diferencia: el mío parecía un ejercicio de AutoCAD sin pulir, no una pieza pensada para un portafolio.
El peso muerto de los bloques copiados desde AutoCAD
Hasta ese momento exportaba el mobiliario ya colocado desde AutoCAD y dejaba que Illustrator se encargara del resto. El problema aparecía en cuanto tocaba algo: cada silla llegaba convertida en un grupo de decenas de líneas sueltas, así que cambiar un grosor de trazo o un tono de tapicería significaba seleccionar objeto por objeto mientras el café se me quedaba frío al lado del teclado y perdía media hora sin darme cuenta cada vez que una capa se desordenaba.
Antes de llegar a los símbolos ya había probado otras salidas para darle personalidad a mis láminas. Llegué a montar las leyendas de un plano con una fuente caligráfica porque quería que se notara que había alguien detrás del dibujo, y en la impresión salió tan fina que a tamaño real no se leía ni el nombre de los espacios. Tuve que rehacer esa lámina la noche antes de la entrega, y desde entonces desconfío un poco de cualquier decisión visual que no haya probado antes en papel.
La función de un símbolo en Illustrator
Fue un compañero de clase el que preguntó, viendo cómo se me colgaba el archivo por quinta vez, si todavía no usaba símbolos. Me explicó que un símbolo vive en su propio panel y que el documento guarda esa geometría una sola vez; todo lo que colocas encima del plano después es una instancia, una referencia al original, no una copia nueva de cada línea. Tocas el símbolo maestro y las cien sillas que dependen de él cambian solas. Sonaba casi demasiado simple para el tiempo que llevaba perdiendo.
Eso sí, amueblar en serio solo tiene sentido si antes has resuelto algo previo, y ahí me quedé bastante tiempo atascada: si el mueble no entra en el plano a su tamaño real, todo lo demás es decoración vacía, así que merece la pena revisar aparte cómo exportar de AutoCAD a Illustrator sin perder la escala antes de tocar el panel de símbolos por primera vez. Sin eso puedes tener el símbolo más cuidado del mundo y que la silla mida el doble de lo que debería en un plano a 1:100.
Amueblar la biblioteca de mi tesis con instancias, no con copias
La prueba real llegó en febrero, cuando en una revisión de seguimiento me pidieron cambiar el material de las sillas de la sala de lectura: de madera maciza a un policarbonato translúcido con degradado. Con mi manera anterior de trabajar eso habría significado una tarde entera seleccionando sillas una a una. Con el símbolo ya creado, entré en modo de edición, cambié el relleno y el trazo, salí, y las cien instancias del plano cambiaron a la vez delante de mis ojos. Fue la primera vez que sentí que el programa trabajaba para mí y no al revés.
Después de eso empecé a jugar con la transparencia y a ajustar el grosor de líneas en Illustrator para mejorar planos de tesis, buscando que el mobiliario fuera una capa de información sutil y no compitiera con los muros de carga. Esa manera de decidir qué pesa más y qué pesa menos dentro de una misma lámina toca directamente la jerarquía visual de colores de todo el panel, un tema que da para su propia entrada y que aquí solo dejo apuntado.
La cara oculta de los símbolos: cuando el archivo se vuelve pesado igual
Hace un par de semanas descubrí que los símbolos no son una solución mágica en todos los casos. Probé con un símbolo de arbusto para una sección con vegetación y me pasé de detalle: demasiados nodos, demasiada textura dentro del propio símbolo. Illustrator tenía que recalcular la apariencia de todas las instancias cada vez que tocaba una sola, y el programa se quedaba pensando igual que antes de conocer los símbolos.
Entendí que conviene simplificar la geometría antes de convertir algo en símbolo y dejar la textura para otra fase del proceso en vez de meterla dentro del símbolo mismo. Hay quien resuelve esto con pinceles de textura aparte, una herramienta que todavía no domino del todo, así que por ahora reviso este tipo de casos como parte de evitar errores comunes al usar Illustrator en paneles antes de dar una lámina por cerrada.
Aprender a mirar una lámina antes de medirla
Cuando llevaba unas seis semanas trabajando así, con los símbolos ya metidos en cómo monto cada plano, noté un cambio que no tenía que ver directamente con Illustrator. Recortando con el cúter una lámina ya impresa, dejé los cuatro márgenes iguales a ojo, sin regla, sin medir dos veces como hacía antes: simplemente supe cuánto sobraba en cada borde. Fue una tontería pequeña, pero me hizo pensar en cuánto había cambiado mi manera de mirar un plano entero; ya no calculaba cada relación de tamaño paso a paso, la veía directamente.
Una amiga que corre los miércoles por la tarde por el carril bici del río me llama a veces a media carrera para preguntarme cómo va la lámina, y cuando le conté lo de los márgenes se rió y me dijo que a ella le pasa algo parecido calculando el ritmo sin mirar el reloj después de tanto entrenar. No sé si es la misma lógica exactamente, pero la comparación se me quedó grabada. Cuando el trabajo se atasca en el ordenador salgo a caminar por el Patio de la Montería del Real Alcázar, y hay algo en ver cómo se repite el mismo azulejo por toda la pared, un solo módulo, no cien dibujos distintos, que me devuelve a la lámina con la cabeza más ordenada.
Todavía me queda pendiente limpiar mejor las capas que llegan desde AutoCAD antes de que un archivo crezca sin control, y ese paso de pasar un plano de CAD a un panel terminado en Illustrator merece su propio espacio en otro momento, igual que la composición completa de la lámina, que es otro tema aparte. Lo que sí puedo decir después de estas semanas es que dejé de tratar cada silla como un objeto nuevo cada vez que la dibujaba. En cuanto entendí que podía definir una sola vez y confiar en las instancias, gané la productividad que me faltaba para el PFC: dejé de perder noches enteras peleándome con el archivo y empecé a usar ese tiempo en decidir cómo se veía la lámina completa, que es lo único que se mira de verdad durante los primeros treinta segundos de una crítica.
