Illustrator trae dieciséis modos de fusión en el panel de Transparencia y yo, hasta hace poco, solo sabía usar uno: opacidad normal, bajada al veinte por ciento cada vez que quería simular una sombra. Los otros quince los tenía ahí, sin tocar, como si no existieran.
Antes de entrar en materia, aviso que soy afiliada de Hotmart: si compráis un curso desde alguno de mis enlaces, yo me llevo una comisión pequeña y a vosotros no os cuesta nada extra. El Curso Adobe Illustrator CC para Arquitectos es de los pocos que uso de verdad, así que va a aparecer más de una vez aquí.
Esto lo escribo porque Lalo Vicent, un estudiante de Valencia con el que coincidí en una jornada de críticas abiertas, me insistió hace poco en que le explicara por qué mis cortes parecen tener temperatura y los suyos no, a pesar de estar bien dibujados. Es de los que proponen tema en cuanto algo les genera duda en su propio proyecto, y esta vez el tema fue este.
El problema no es la opacidad: es la ausencia de material
Bajar la opacidad solo hace que un color se mezcle con el blanco de fondo. No añade textura, no añade peso, no dice nada sobre el material. En arquitectura la luz no funciona así: no aclara un muro, lo golpea, y el muro responde según lo que está hecho. Confundir esas dos cosas fue mi primer error de bulto.
Esto se nota especialmente al imprimir en un formato DIN A1, esos 594 por 841 milímetros que cualquier estudiante de arquitectura española conoce de memoria. Lo que en pantalla parece un gris sutil, en papel se convierte en una mancha plana sin ninguna gracia. (Doy por hecho que el plano ya sale de AutoCAD con la escala correcta, que es otro tema del que hablé aparte y no quiero repetir aquí.)
Durante meses traté Illustrator como un cubo de pintura digital: relleno, opacidad, siguiente capa. Ya escribí en otro sitio sobre los errores comunes al usar Illustrator en paneles de proyectos finales en los que caí antes de esto. Lo que cambió fue entender que un modo de fusión no colorea: decide cómo interactúan dos capas, y eso afecta directamente a la jerarquía visual de toda la lámina, no solo a la zona donde lo aplicas.
Antes de llegar a esto probé un atajo peor: descargarme packs de texturas e iconos de Pinterest para pegarlos directamente sobre mis plantas. No funcionó. Cada pack tenía su propio estilo, su propia paleta, su propia lógica de sombra, y juntarlos en una misma lámina se notaba a kilómetros — parecía un collage, no un proyecto con voz propia. Ahí entendí que el material atmosférico tenía que salir de mis propias capas, no de un banco de imágenes ajeno.
El modo Multiplicar con una textura de hormigón
El modo Multiplicar conserva los tonos oscuros de la capa superior y los mezcla con lo que hay debajo, dejando que los tonos claros casi desaparezcan. La primera vez que puse una textura de hormigón escaneada encima de mis líneas de CAD, en vez de debajo como había hecho siempre, la sombra dejó de ser un parche gris y empezó a mostrar la porosidad real del material. El criterio que uso ahora es sencillo: si el material tiene que transmitir peso — hormigón, piedra, un muro de carga — pruebo primero Multiplicar antes que cualquier otro modo.
Lo que uses debajo como pincel de textura también importa, aunque ese es un tema que prefiero dejar para otro día, igual que el grosor de línea que hayas fijado antes de llegar aquí: si la línea es demasiado fina, el Multiplicar se la come entera. Para que el efecto no se salga del contorno del muro, trabajo siempre dentro de una máscara de recorte ajustada a la geometría, así la sombra no invade zonas donde no toca. Si quieres ver cómo organizo estas capas dentro de mi flujo de CAD a Illustrator, lo dejé apuntado en cómo maquetar el portfolio de arquitectura en Illustrator por mi cuenta.
Trama, la luz que no está pintada encima
Trama hace justo lo contrario: aclara los colores en vez de oscurecerlos, así que es el modo que uso para simular haces de luz o reflejos en un vidrio. Sobre mi sección construyo polígonos muy sutiles con un degradado de blanco a transparente y los pongo en modo Trama por encima del dibujo. El resultado no parece luz pintada; parece luz que sale del propio dibujo, que es la diferencia que buscaba desde que empecé con esto.
En una revisión con mi tutora, la vi detenerse a media frase justo delante de mi tablero, mirar el corte un segundo de más y preguntar de dónde entraba esa luz en el atrio. No dijo nada más solemne que eso, pero fue la reacción que llevaba tiempo persiguiendo sin saber muy bien cómo pedirla.
Todo esto lo ajusto en la mesa de dibujo inclinada que heredé de una compañera de piso de Triana cuando se mudó — ahora hace de apoyo para el portátil, mientras la lámina en curso se reparte entre esa pantalla pequeña y un monitor de 24 pulgadas al lado. En el marco del monitor tengo pegados unos post-its con los tonos que más repito, para no abrir el selector de color cada vez. Detrás, en la estantería, se acumulan maquetas que no terminé y rollos de papel vegetal que ya no sé si voy a usar.
Para soltar la mano con estos degradados de blanco a transparente, lo que más me sirvió fue el Curso Adobe Illustrator CC para Arquitectos: no enseña a hacer dibujos bonitos, enseña a aplicar esto directamente sobre planos que ya vienen exportados de AutoCAD, que es donde de verdad se pierde el tiempo en el taller.
Probar en un mosaico antes de mandar la lámina completa al plotter
Aquí está la trampa que nadie te cuenta en el taller: los modos de fusión se ven espectaculares en pantalla y después se saturan o se pixelan al imprimir en gran formato. En una lámina a 300 ppi, que es la resolución que piden la mayoría de las escuelas para impresión de calidad, los efectos de transparencia pesan mucho más de lo que esperas.
La regla que sigo es simple: antes de lanzar la lámina completa, imprimo un mosaico —un recorte pequeño de la zona con más efectos— para comprobar si el modo Luz intensa se ha convertido en una mancha negra ilegible.
También ayuda alejarse de la pantalla: reviso la lámina impresa en la Biblioteca de la Escuela de Arquitectura de la Cartuja, en una mesa con más distancia que la de mi cuarto, para comprobar si el efecto se sigue leyendo en los treinta segundos que dura una primera mirada en crítica. Si hay alguien en el taller que resuelve rápido un problema de letras es Javi Pradillo: en cuanto alguien necesita una fuente, la presta sin pensárselo.
Antes de dar la lámina por cerrada repaso tres cosas que no tienen que ver con los modos de fusión pero que los sostienen: la composición general de la lámina, la legibilidad tipográfica de las leyendas y que el plano de base tenga las capas limpias. Si el problema está justo en ese último punto, antes de tocar Illustrator me sirve más volver a Autocad Master que seguir peleándome con capas de transparencia sobre una base sucia.
Si tuviera que resumir esto en una frase para quien entrega en las próximas semanas: la opacidad sola no cuenta nada, así que antes de bajarla al veinte por ciento prueba primero si lo que necesitas es Multiplicar para dar peso o Trama para dar luz, y no mandes nada al plotter sin haber visto antes cómo se comporta esa capa en un mosaico impreso a tamaño real.